Iván Illich en Ecotepec. Donde las casas surgen del suelo. César Añorve

Iván Illich eligió Cuernavaca para fundar, en San Antón, “un lugar para pensar”: el mismo barrio donde yo nací. También eligió el pueblo de Ocotepec para vivir con Valentina Borremans, en una casa de adobe y piedra ubicada en la calle Dolores, a unos pasos de la capilla de los Ramos, adonde acudía con frecuencia a la misa que celebraba su amigo, el padre Diego.

Para sus vecinos, Iván era conocido como “el escritor”. Por su trato cordial y distinguido, pronto ganó muchos ahijados en el pueblo y pasó a ser el compadrito Iván. Seguramente nadie sabía que, en realidad, él era “un monstruo” que, a principios de los años 70, hizo una crítica demoledora del pensamiento industrial con sus “panfletos”: La sociedad desescolarizada, Némesis médica y Energía y equidad. Se atrevió a criticar a las vacas sagradas del desarrollo: el sistema escolar, el sistema médico y los transportes motorizados.

En aquellos años, el pueblo de Ocotepec, donde ahora vivo, era un remanso tranquilo que al amanecer olía a nixtamal. Recuerdo que, todavía a finales de los años 80, solía ver por las mañanas a mujeres que regresaban del molino con una olorosa cubeta de masa. Curiosamente, siempre las encontraba frente a la casa de Iván. Ahora pienso que El género vernáculo también está hecho de ese exquisito aroma a masa calientita. Conocí a Illich de una manera curiosa. Yo Iba caminando frente a su casa cuando escuché el sonido de una puerta de madera que rozaba el piso y una voz conocida que exclamaba: ¡César! Era mi amigo Jean Robert, acompañado de Iván y de un grupo de amigos. Sin dar tiempo a protocolos, Iván extendió sus largos brazos para estrechar mi mano y me dijo: Me encanta lo que haces y cómo lo haces; Jean me ha hablado mucho de ti. ¿Nos quieres acompañar a Xochicalco?

Desde los tiempos de la publicación de su profundo e inspirador texto: H2O y las aguas del olvido, hasta nuestra última conversación en mayo del 2002, cultivamos una estrecha amistad. En aquella ocasión me encargó ocuparme de vender el predio que él y Valentina tenían en posesión desde 1974.


Aquel encargo, que parecía apenas un trámite, terminó por atar mi memoria personal con la historia de este lugar. Con el tiempo entendí que no se trataba sólo de vender un predio, sino de cuidar el sentido de una tierra marcada por conversaciones, amistades y formas de vida que Illich supo reconocer.


Ese predio es hoy el sitio de este proyecto: un lugar donde las casas parecen surgir del suelo y donde la memoria de Iván sigue respirando entre adobe, piedra y esperanza.

Ocotepec, 4 de septiembre del 2026

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